–VER TESTIMONIO– Glenda Aldana Ponce iba a trabajar kilómetros antes de llegar a Pinedo, un auto gris la rozó al adelantarse y la dejó tirada en la ruta. No frenó. No miró atrás. Se fue como si nada, mientras ella rodaba por el asfalto con su moto 110, sola, con el casco abollado y el cuerpo lleno de raspaduras.
Lo físico sana. Los moretones en las rodillas, el hombro y el codo duelen hoy, pero pasarán. Lo que queda es la impotencia de enfrentar la indiferencia pura. El testimonio es claro: testigos pidieron a alguien que lo siguiera y la respuesta fue “¿para qué te vas a ir? Quédate”. Así, con esa frialdad, se normaliza el abandono.
Glenda es docente. Viaja todos los días para cumplir con su responsabilidad, con casco, luces y precaución. Pero ninguna medida alcanza cuando del otro lado hay alguien que decide que una vida en el piso no vale una parada de dos minutos.
Ese gesto dice mucho de una sociedad que se acostumbró a mirar para otro lado. No fue un accidente leve lo que más hirió a Glenda, fue la deshumanidad. Y eso, a diferencia de los raspones, no se cura con una curación en el hospital.























































