La reciente agresión y detención de un trabajador de prensa por parte de la Policía Federal no es un hecho aislado, sino una señal de alerta que no podemos ignorar.
Cuando la fuerza pública, cuya misión es proteger, se convierte en el brazo que golpea a quien busca informar, la democracia pierde su equilibrio.
Atacar a un periodista no es solo agredir a una persona; es ponerle una venda a la sociedad. No importa si antes fueron jubilados o niños; el denominador común es una agresividad que parece no tener límites ni criterio.
La prensa no es el enemigo: Es el testigo necesario.
El chaleco de “Prensa” no debe ser un blanco: Debe ser una garantía de protección.
La libertad de expresión es frágil: Si permitimos que el miedo silencie a los trabajadores de los medios, nos quedamos a oscuras.
Repudiar estos actos es defender nuestro propio derecho a saber qué está pasando en nuestras calles. Sin periodismo libre, solo queda el relato oficial y el silencio de la fuerza.

Imagen Patricia Muñoz (Chaco Ahora)




















































